Photo: Pankaj Nangia / IFRC

 

La distribución equitativa de las vacunas es un deber humanitario.

Y tenemos que optar. En la próxima década, el mundo podrá conocer más justicia, abundancia y dignidad o, por el contrario, verá un aumento de los conflictos, la inseguridad y la pobreza.

Nos encontramos en un punto de inflexión. La pandemia de COVID-19 ha sido una verdadera crisis mundial, en la que cada uno de nosotros ha llevado una carga sobre los hombros. En muchos casos, esta crisis nos ha obligado a reflexionar acerca de las injusticias que prevalecen en algunos lugares del mundo donde la pandemia añade un grano de arena al desierto de la miseria, la inestabilidad y la agitación social. Estas desigualdades se han exacerbado y han quedado a la vista a raíz de la pandemia, tanto entre los países como en su interior. Los efectos serán más claros a escala global en los años venideros.

El impacto de una catástrofe como la pandemia de COVID-19 se puede determinar midiendo la tragedia de las pérdidas individuales y las muertes, así como la interrupción de actividades cotidianas a nivel nacional e internacional. No hay país en el mundo que no se haya visto afectado.

Las variantes del virus, que parecen ser más contagiosas y resistentes a las vacunas, nos seguirán amenazando si no logramos controlarlas ahora.

Quienes firmamos esta declaración representamos organizaciones enraizadas en distintas comunidades en todo el mundo. Trabajamos muy de cerca con personas que se han visto afectadas por conflictos, desastres y hambrunas. Conocemos los retos que enfrentan, pero también su resiliencia incluso en las peores circunstancias.

En 2021, la economía mundial atraviesa la peor caída desde 1945. En algunos países, aumentarán la pobreza y el sufrimiento; en otros, habrá muertes y hambruna. Los efectos de la pandemia nos acompañarán por mucho tiempo. El impacto económico prevalecerá, con todo el sufrimiento humano que conlleva. Una generación de niñas y niños ha abandonado los estudios, y no podrá retomarlos, especialmente las niñas.

El reto para el mundo es revertir estas dinámicas devastadoras, y la salud debe ser un elemento clave de la respuesta. Abogamos por la “salud para todos”: se debe valorar la vida de todas y cada una de las personas y se debe hacer valer su derecho a recibir atención médica. Las personas no solo necesitan vacunas, sino también acceso a servicios de salud especializados y equipados.

Debemos construir un mundo en el que todas las comunidades, sin importante dónde vivan o quiénes sean, tengan acceso a las vacunas, no solo contra la COVID-19, sino contra muchas otras enfermedades que seguirán causando daños y muertes. La pandemia ha dejado claro que, en este mundo interconectado, ninguna persona estará a salvo hasta que todas lo estén.

Debemos optar: el nacionalismo de las vacunas o la solidaridad humana.

Gracias a valiosos esfuerzos internacionales, se está fabricando un gran número de vacunas. La Organización Mundial de la Salud, GAVI y CEPI encabezan la iniciativa COVAX, que de momento constituye la mejor vía para garantizar que las vacunas lleguen a las personas en todo el mundo. Sin embargo, se prevé que, a finales de 2021, COVAX habrá abarcado solo el 20% de la población mundial, es decir, las personas y comunidades en situación de mayor vulnerabilidad en países de bajos recursos. Pero aún no se sabe si se logrará el objetivo. Mientras tanto, diversos estudios muestran que, si los países se enfocan en vacunar a su población únicamente, tan solo este año, las pérdidas de PIB a nivel mundial podrían llegar a 9,2 trillones de dólares estadounidenses (y los países con grandes recursos apenas absorberían la mitad de ese costo).

Pero no es solo una cuestión monetaria. Para ampliar el alcance de la vacunación a nivel mundial, es necesario resolver cuestiones logísticas, de infraestructura y de distribución a gran escala. El acelerador del acceso a herramientas contra la COVID-19 (ACT, por sus siglas en inglés) se enfoca en facilitar medios para acelerar el desarrollo, la fabricación y la distribución de productos para diagnosticar y tratar la COVID-19. El ACT reconoce y procura abordar la necesidad de intercambiar información relativa a la tecnología, la propiedad intelectual o la fabricación.

De todos modos, se necesita tomar más medidas. El intercambio de información, la transferencia de tecnología y el fortalecimiento de los los procesos de fabricación, por mencionar algunos, son procesos que requieren de la participación activa tanto de los Estados como del sector privado.

Por tanto, exhortamos a las y los dirigentes mundiales a lo siguiente:

    1. Garantizar el acceso equitativo a las vacunas entre países, no solo a través de su suministro, sino también del intercambio de experiencias y conocimientos, y de la financiación del acelerador del acceso a herramientas contra la COVID-19 (ACT, por sus siglas en inglés), cuya finalidad es lograr que los diagnósticos, las terapias y las vacunas contra la COVID-19 sean accesibles en igual medida para todas las personas.
    2. Garantizar el acceso equitativo a las vacunas al interior de los países mediante la inclusión de todos los sectores de la población en los programas nacionales de distribución y vacunación, sin importar la identidad ni la residencia; es decir, mediante la inclusión de comunidades marginalizadas y estigmatizadas para las cuales es difícil acceder a servicios sanitarios.
    3. Brindar apoyo financiero, político y tecnológico a otros países para que la curva de contagios de COVID-19 no sea una meta aislada, sino un elemento importante de estrategias de salud integrales, que deberán implementarse junto con las comunidades para mejorar, en el largo plazo, la salud y el acceso de las personas a la atención médica. Nuestras instituciones mantienen el firme compromiso de ofrecer toda la ayuda posible para apoyar las acciones que están emprendiendo las comunidades y las autoridades.

El liderazgo cumple un papel decisivo. Tanto los países como diversas organizaciones de todo el mundo tienen una oportunidad única: hacer frente a las desigualdades y revertir algunos de los estragos que dejó el año 2020. Al hacerlo, darán esperanza no solo a las poblaciones en mayor situación de pobreza, sino a todos nosotros.

 

Reverendísimo Justin Welby, arzobispo de Canterbury

Peter Maurer, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja

Obispo Ivan M Abrahams, secretario general del Consejo Metodista Mundial

Su Excelencia Emmanuel de Chalcedon, patriarca ecuménico

Reverendo Dr. Chris Ferguson, secretario general de la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas

Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS

Filippo Grandi, alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados

Henrietta H. Fore, directora ejecutiva de UNICEF

Reverendo Dr. Martin Junge, secretario general de la Federación Luterana Mundial

Dra. Azza Karam, secretaria general de Religiones para la Paz

Francesco Rocca, presidente de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja

Rabbi David Rosen, copresidente de Religiones para la Paz

Jeque Ahmed al-Tayeb, el Gran Imán de al-Azhar

Su Excelencia Cardenal Peter Turkson, prefecto del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral, Roma

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