De profesión, Dora es docente de nivel inicial, y William informático a nivel técnico. Ambos se conocieron hace treinta y dos años en su querida Venezuela. Fueron amigos durante mucho tiempo, antes de convertirse en compañeros de vida, como les gusta llamarse. Tienen ya dos años de relación, el mismo tiempo que llevan viviendo en Lima, la capital del Perú. Hace dos años decidieron migrar hacia este país, en búsqueda de una mejor calidad de vida y para juntos, emprender proyectos que tienen planeados a largo plazo.

“Salimos de Barquisimeto, estado Lara, y nos trasladamos hasta Táchira, para poder cruzar el puente Simón Bolívar. Luego del proceso de registro, que fue cinco horas aproximadamente, ingresamos a Colombia. De ahí tomamos un bus desde Cúcuta a Rumichaca. En Ecuador tomamos una minivan para Quitumbes, ahí el cambio de clima fue fuerte, mucho frío. De ahí nos tomó doce horas para llegar a la frontera con Perú, y entrar por el CEBAF en Tumbes. Ya ahí tomamos un bus a Lima”. Así nos relatan el trayecto de seis días que tuvieron que emprender por tierra para poder llegar hasta su lugar de destino. En este trayecto fueron víctimas de robo tres veces. Es así como llegaron a Lima sin dinero, sin teléfono, y sin manera de comunicarse con sus familias en el trayecto.

Cuando salieron a buscar empleo, conocieron a los dueños del edificio donde ahora viven, quienes al inicio les dieron la oportunidad de quedarse en un pequeño local en el sótano, sin cobrarles nada en ese periodo. Ellos consideran que, gracias a estas personas y a su generosa ayuda, tuvieron la oportunidad para emprender, y para poder costear el alquiler y los gastos y servicios básicos del departamento que ocupan hoy.

“La primera odisea de empleo no fue nada fácil, la vida del migrante es bastante dura en cualquier país” nos comenta William. En estos dos años, entre él y Dora han tenido varios trabajos, siempre temporales, y también periodos de desempleo. El primer trabajo de Dora fue en una zapatería en un mercado, y el de William en un restaurante donde hacía todas las labores, y donde pasaba casi todo el día “El horario era bastante fuerte. Yo salía de aquí a las 9 de la mañana y regresaba 2 o 3 de la mañana del día siguiente”, relata.

Tanto para Dora como para William los meses de enero a marzo, son los más difíciles, pues es donde usualmente falta el trabajo, y porque muchos de los contratos son hasta el mes de diciembre. El año pasado decidieron hacer diferentes cosas para generar ingresos en esta época, y juntos se pusieron a trabajar con manualidades, y también con repostería. “También hicimos sopa, pero esta no la vendimos, se la llevamos a los vecinos para que prueben nuestra comida”, cuenta Dora. Luego, juntos, trabajaron en un colegio haciendo la renovación del mobiliario del área de educación inicial. Lograron terminar este trabajo con mucho esfuerzo, y entregarlo a tiempo antes del inicio de clases, las cuales fueron suspendidas tres semanas después, debido al COVID-19.

Dora y William llevan más de dos meses acatando el aislamiento obligatorio que decretó el gobierno peruano como una medida de respuesta a la emergencia por COVID-19. “La cuarentena no ha sido fácil a nivel económico porque no producimos, no tenemos un ingreso; pero a nivel de convivencia, ha sido muy grato, porque desde que llegamos al país lo único que hemos hecho ha sido trabajar todo el tiempo. Aquí las jornadas son de más de ocho horas, más el tiempo de traslado que toma llegar a tu trabajo, estás todo el día en la calle. Ahora, este tiempo de aislamiento nos ha ayudado a compenetrarnos como pareja, y también nos ha ayudado a valorar a la persona que tienes al lado antes de lo material, y a colaborar dentro de tus posibilidades con los que están en tu entorno”, reflexiona Dora. También nos comenta que este tiempo les está sirviendo para prepararse en diferentes cosas, y se han abocado a seguir cuantos cursos, talleres, y conferencias encuentren a su paso.

Pero no generar ingresos, incrementaba la presión y preocupación por el mañana. “La ayuda de la Cruz Roja nos llegó caída del cielo, porque ese día se nos terminaba la comida, teníamos una semana a pan y agua, y esto ha sido una bendición. Si no hubiese sido por esa ayuda, imagínese cómo estuviésemos ahorita”, agrega Dora.

Dora y William forman parte del programa de transferencia monetaria de la Cruz Roja, implementada con apoyo de la Unión Europea. Este programa entrega una tarjeta a familias vulnerables, para que puedan gastar en lo que más necesiten en estos momentos.

“El mismo día que nos entregan la tarjeta, una vecina que tiene una bebé pequeña se quedó sin leche, sin nada, y bueno, así también pudimos tenderle una mano, ayudarla.”, nos dice Dora, mostrando ser un ejemplo de solidaridad aún en tiempos de emergencia.