Desde el cálido y entrañable oriente venezolano llegó a Perú un grupo de vecinos del estado de Anzoátegui, Venezuela. Karen, la autora de la idea de migrar en caravana, comenta entre risas “Hace unas semanas, toqué la puerta de cada uno de ellos y les dije que teníamos que irnos juntos a buscar un nuevo futuro, que en otro país podíamos comenzar nuestra nueva vecindad”. No pasó más de dos días y Carmen, Yerida, Irene y ella decidieron vender todo lo poco que tenían para poder comprar un pasaje hacia Cúcuta, después de eso todo era incierto.  Ellas cuentan que la necesidad y la falta de alimento hicieron que no importe abandonar sus casas en Barcelona, Anzoátegui y decidir buscar un nuevo camino fuera de Venezuela. “Nos estamos yendo todos, mis hijos y mis vecinas, lo demás ya no es importante” comenta Irene después de secarse las lágrimas. “Si usted supiera todo lo que ha pasado este grupo de vecinos; hemos caminado bajo el aguacero, hemos sentido un frío al que no estábamos acostumbrados, hemos comprendido lo que significa tener un par de buenos zapatos para poder hacer un viaje tan largo; pero mírenos ahora, estamos sanitos en Perú” subraya.

A pesar de haber dejado atrás una vida, los vecinos “Brisas de amor” como se hacen llamar, cuentan que nunca se dejaron ganar por la amargura o la tristeza y que, si hasta el día de hoy mantienen su fortaleza es porque descubrieron que unidos pueden más. “Ni siquiera el peso de las 12 maletas que cargamos nos van a vencer” asegura Yerida mientras enseña sus bolsos.

Viajar en equipo les ha permitido sentirse más seguros y protegidos. Hoy, los vecinos han pasado por el control de vacunación en el Centro Binacional de Atención en Frontera, CEBAF, y comentan entre risas, cómo entre todos se dan  ánimos para no pensar en las inyecciones. Irene, la mayor de la tropa con 42 años, hace una pausa a la risas y explica lo importante que es para ellos cuidar de su salud. “Hasta uno de los guerreros más pequeñitos del grupo, con tan solo 5 años, nos cuida y cada vez que encuentra por la calle una posta médica nos dice para entrar y es que es verdad, si no tenemos salud, no podremos llegar a nuestro destino final, la ciudad de Lima”. En una oportunidad, llegando a Quito, el hijo mayor de Karen, con de 19 años, sintió cólicos estomacales y ese frágil problema no les permitió seguir avanzando. Cuentan que en ese momento decidieron tener un pacto como equipo: si uno de ellos se enfermaba, todos tenían que protegerlo y así nunca dejar de lado a ningún miembro de la vecindad.

La hija de Yerida de 11 años, se atreve a hablar y cuenta que en las carreteras, cuando les toca caminar por largas horas, mucha gente les grita desde los autos “¡Fuerza Venezolanos, no se cansen!”, y que esas palabras siempre alientan a todo el grupo. En ese momento, Carmen saca de su billetera un papel escrito a mano donde se lee “Nunca deben rendirse, juntos van a salir adelante”. Ella comenta que esa nota se los entregaron los voluntarios de la Cruz Roja en Bucaramanga y que hasta el día de hoy los usan para darse ánimos. “Estamos en Perú y hasta ahora los guardo para momentos especiales como este”.