Fotos: Munem Wasif/ VU/ ICRC. Reportaje: Farzana Hossen and Lynette Nyman.

Un reportaje de la revista Cruz Roja Media Luna Roja

En medio de valles y colinas no lejos de la ciudad bangladesí de Cox’s Bazar, se han instalado una serie campamentos cuya extensión y población son las de una ciudad pequeña (como Ginebra, Washington D.C., Kigali o Kingston). Unas 680.000 personas sobreviven en condiciones desesperadas, en carpas y chozas improvisadas rápidamente después de que la violencia en Myanmar las forzara a cruzar la frontera con Bangladesh. Estas personas—en su mayoría mujeres y niños— han soportado un sufrimiento físico y emocional indecible. Y la pesadilla no hace más que comenzar. El fotógrafo bangladesí Munem Wasif habló con tres familias y les pidió que contaran su lucha diaria, su dolor y sus preocupaciones a largo plazo.

Hasina Begum

Con su hija de un año y medio en brazos y un hijastro de cinco años a su lado, Hasina Begum caminó cinco días para llegar a Bangladesh. Se marcharon el mismo día en que su esposo, Abudul Jalil, desapareció. Fue el día antes de que empezara la festividad del Eid al Adha, que en 2017 comenzó el 1 de septiembre, y Abudul había ido al mercado en busca de trabajo. Al enterarse de que su esposo había sido asesinado, la viuda de 25 años solo tuvo tiempo para empacar una muda de ropa para sus hijos antes de dirigirse a la frontera.

«Nos demoramos cinco días en llegar aquí y tuvimos varios inconvenientes en el camino; con niños pequeños la cosa no fue nada fácil», dice con voz temblorosa sacando fuerzas de flaqueza para relatar su historia. «No había arroz ni agua, y tampoco teníamos la posibilidad de dormir. Teníamos que acostarnos en la carretera. Algunos se tumbaban en el heno.

No pude darle el pecho a mi hija pues no había intimidad. No pude bañar a mis hijos, ni darles leche. Tampoco pude comer yo. Como no podíamos alimentar a nuestros hijos a horas regulares, cuando podíamos hacerlo bebían demasiado y luego comenzaban a vomitar.

Mi bebé estaba casi en los huesos. Cuando llegamos aquí, nos llevaron al hospital y nos dieron medicamentos. Después de tomar agua

“No puedo contárselo a nadie”

Para Hasina, las preocupaciones son diarias: la poca resistencia de su casa a las tormentas, la escasez de agua potable y el peligro que corre su hijastro de cinco años cuando va a buscar leña en las afueras del campamento donde, según se dice, los niños han sido heridos o han desaparecido.

«Con esos antecedentes, no puedo dejarlo ir solo, pero si hay otras personas conocidas que van a recoger leña entonces lo dejo. Como ya no quedaba leña, le dije: ‘Si puedes ir y traer un poco, ve’”.

“Me da pena ver a los niños así. No puedo contarle a nadie toda la pena que siento”.

Nur Mohammad

“¿Cómo no preocuparme?”

Cuando todos los miembros de la familia de Nur Mohammad (12 en total entre su esposa, hijos y nietos) huyeron de la violencia que golpeaba la parte norte del estado de Rakhine (Myanmar) dejaron una casa de dos pisos, una pequeña plantación de palmas de areca y bambúes, así como muchas cabezas de ganado, ovejas y pollos.

Pero esto no es lo más triste que ha vivido la familia. Dos de las hijas de la pareja, Zaka Ullah, de 22 años, y Setara Bibi, de 18, están desaparecidas y probablemente muertas. Rashidullah, el mayor de los hermanos, recibió un disparo en el abdomen cuando huía y Nur se lesionó la pierna. «Cuando llegué aquí, me di cuenta de que tenía la pierna hinchada con una herida purulenta», dice.

Construir una nueva casa en el campamento nos llevó casi cuatro días. «Todos los hijos cavaron e hicieron el nivel del suelo. También trabajaron mi esposa y mis hijas. Yo no pude hacer nada por mi pierna y mi hijo mayor tampoco porque lo habían herido en la cintura.

«En la habitación del frente, vivimos mi esposa y yo y nuestro hijo; en la de atrás, viven mis hijas.

Ahora le preocupa que su casa endeble no resista la temporada monzónica. «La lluvia está por llegar, el techo se puede volar con el viento, el agua entrará y la casa se caerá. Todo esto me tiene muy preocupado. Pero, ¿cómo no preocuparme?

Días de inquietud

Para Nur Mohammad, la vida en el campamento es monótona, pero trata de aprovechar su tiempo al máximo. Se recorta la barba antes de las oraciones del viernes y luego juega con su nieto fuera de su casa improvisada. Sin trabajo, sin tierra ni animales que atender, dice que no hay muchas cosas que hacer para distraerlo de sus preocupaciones.

Lo que le preocupa cada vez más es que recientemente se enteró de que es probable que la gente instalada en los campamentos sea enviada de regreso a Myanmar. «¿Cómo caímos en una situación tan terrible? Estos pensamientos me tienen muy perturbado».

“Nada que ofrecer”

Una de las cosas que más le preocupa a Nur es el futuro de sus hijas: en esta fotografía una de ellas aparece con una amiga en el campamento Hakimpara. Las mujeres jóvenes tienen aquí muy pocas perspectivas; una de ellas es el matrimonio, para lo cual el padre de la futura esposa ofrece tradicionalmente una dote.

«Algunas personas ya nos han preguntado al respecto, pero les hemos contestado que no podemos darles nada. No tenemos dinero ni joyas de oro. ¿Qué podemos darles, si apenas tenemos para vivir?”

En Myanmar, Nur tenía tierras, animales e ingresos de una pequeña granja. Hoy, la familia de Nur ni siquiera tiene suficiente para comer y sus hijas deben ir a recoger leña a las colinas aledañas para cocinar. «Si alguien quisiera casarse con una de ellas sin recibir nada a cambio, entonces daría mi acuerdo».

Encontrar un poco de paz

Nur Mohammad hace un poco de ejercicio físico con otros hombres en un centro comunitario administrado por la Cruz Roja Danesa en coordinación con la Federación Internacional y la Media Luna Roja de Bangladesh. Este lugar les permite conversar sobre sus preocupaciones y problemas diarios con voluntarios y miembros del personal capacitados en apoyo psicosocial.

«Intentan motivarnos y nos empujan a hacer cosas. Fabricamos redes, esteras y un par de cosas más», cuenta Nur. «Nos preguntan sobre nuestros problemas, cómo vivimos, cómo estamos y pueden trabajar para nosotros. Podemos compartir con ellos nuestros sufrimientos, por eso es bueno.

«Cuando nos encontramos con el grupo, hablamos, nos abrazamos y nos sentimos bien. El resto del tiempo las preocupaciones nos abruman. Voy al grupo, porque así encuentro un poco de paz».

Al ayudar a las personas a sentirse mejor se les permite aliviar en parte el estrés y la angustia, causados por todas las preocupaciones que tienen como la asistencia médica, el alojamiento, la educación o la seguridad. Por consiguiente, las sesiones de asesoramiento pueden servir para crear un vínculo importante con la asistencia o los servicios.

En tiempos de crisis, la mayor causa de ansiedad se produce muy a menudo cuando las personas pierden contacto con sus seres queridos. Aquí en los campamentos, los voluntarios de la Media Luna Roja de Bangladesh (con el apoyo del CICR) facilitan las llamadas telefónicas a las personas que llegan desde el estado de Rakhine, así como el intercambio de mensajes breves por escrito entre las personas desplazadas y sus familiares en Myanmar. Aquellas que no conocen el paradero de sus familiares o no saben que les ha sucedido también pueden solicitar al Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que busque a sus seres queridos desaparecidos.

Setara Khatun

Recuerdos terribles

En una carpa improvisada de un solo ambiente, Setara Khatun vive con su tía materna de 70 años, Sanapru, y sus tres hijos. Uno de sus hijos, Nejamuddin, de 12 años, desapareció mientras buscaba leña en las afueras del campamento. Al igual que muchas mujeres de los campamentos, Setara es la única proveedora; a su marido lo mataron cuando regresó a su aldea para recoger algunas pertenencias.

Uno de los acontecimientos más traumáticos antes de llegar al campamento ocurrió cuando Setara y sus cuatro hijos tuvieron que esperar en una isla durante 15 días antes de cruzar el río hacia Bangladesh en un barco pequeño y abarrotado.

“Lloré mucho. Había mucha gente. Se veían cabezas y más cabezas. Algunos cruzaban, otros se quedaban. Algunos cocinaban y comían, otros se morían de hambre. Mis hijos estaban muy tristes. Yo estaba muy triste….

Teníamos miedo. Había tormenta: llovía y soplaba el viento. Los niños tenían miedo, creían que el barco se iba a hundir. Los recuerdos de ese dolor me perturban. A veces pienso que tal vez hubiera sido mejor que nos hubieran matado a tiros».

La casa no resistirá

“En Birmania, teníamos nuestra propia casa, era muy cómoda», dice Setara. «Mi esposo era jornalero. A veces vendía verduras. Teníamos varias fuentes de ingresos «.

Setara dice que ahora su familia depende totalmente de las organizaciones humanitarias para alimentarse y que nunca tienen suficiente. Además, le preocupa que su carpa no resista las tormentas que se avecinan. «La temporada de lluvias está por llegar y esto me tiene preocupada. La casa no resistirá el viento y se romperá. No hay un hombre en la casa, así que no sé cómo haré para reconstruirla. Me duermo pensando en estas cosas».

“Olvido mis preocupaciones”

En el centro comunitario del campamento de Tasnimarkhola, Setara encuentra cierto consuelo en el espacio para las mujeres que pone a disposición la Cruz Roja Danesa en coordinación con la Federación Internacional y la Media Luna Roja de Bangladesh. El centro ofrece un lugar para que las mujeres compartan sus problemas, socialicen y olviden momentáneamente sus preocupaciones participando en proyectos pequeños y rentables.

«Hay muchas mujeres allí, así que me siento tranquila. Algunas han perdido a sus hijos, otras al marido o a los padres. Y cuando vamos al centro podemos reírnos. Allí, me olvido de mis preocupaciones. Cuando vuelvo a casa, oigo que no hay leña, ni queroseno, ni verduras, y los niños precisan ropa. Y todo me perturba nuevamente».

Ir al centro ha incitado a Setara a ser voluntaria. «Visito a las personas y les enseño a ocuparse de los niños, mantener una buena higiene para que nadie se enferme y cuidar a las personas enfermas», explica.

Cruz Roja Media Luna Roja es la revista del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Es una producción conjunta de la FICR y el CICR.