Como una alfombra compacta avanzó el lodo y se abrió terreno entre calles, casas y paredes. Lo hizo de manera violenta, sin detenerse ni un solo instante. Era de noche y en la casa estaban Braulio Villegas, su mujer, sus dos hijos, su hermano y otros miembros de la familia. Apenas tuvieron tiempo para levantarse y salir corriendo para salvar sus vidas. Junto a ellos, cientos de personas del asentamiento El Pedregal entraron en pánico y huyeron del torrente. Braulio y su familia decidieron quedarse para cuidar la casa y sus pertenencias, mientras que el resto de la familia se movilizaron entre la oscuridad para llegar a un lugar seguro. Desde esa noche perdieron todo contacto.

Junto a su mujer y sus dos hijos Braulio fue movilizado por el Gobierno al Albergue del Pedregal, sin teléfono y ningún otro medio de comunicación tuvo que conformarse con la idea de que las malas noticias nunca llegaron y que sus parientes no fallecieron. Sin embargo, esta incertidumbre lo mantuvo días enteros sin dormir. Consultando entre conocidos y personas de la zona dio con el posible destino de sus parientes perdidos: el Albergue de San Pablo, ubicado a 15 kilómetros de distancia del asentamiento El Pedregal. Dada las condiciones en las que vive Braulio y su familia, no es posible movilizarse y buscar a sus parientes.

A los ocho días de ocurrido el desastre, personal de la Cruz Roja Peruana visitó el Albergue ofreciendo el servicio de Restablecimiento de Contacto entre Familiares (RCF) para aquellas personas que por distintos motivos no han sabido nada de sus seres queridos.  Braulio se acercó a uno de los voluntarios de la institución y le comentó sobre su situación. Las únicas pistas con las que contaba era la posible ubicación de sus familiares a partir de las referencias que algunos vecinos y conocidos le habían dado a ciegas. El personal de Cruz Roja inició la búsqueda, Franco, un voluntario joven de la Cruz Roja Peruana cuyo entusiasmo desborda, se hizo cargo del caso. En cada albergue emprendía la compleja tarea de buscar entre los cientos de familias a los parientes de Braulio, teniendo en cuenta que en los albergues de Piura no existen listas de quienes viven en ellos. En esta administración se estima que 6.800 viviendas fueron destruidas, un número que sumado a otros factores de afectación incidieron para que miles de personas fueran movilizadas para los albergues y de estas un considerable número están incomunicadas. Un gran trabajo para el personal de RCF de la Cruz Roja Peruana. “Preguntando se llega a Roma” dice Franco. Y fue a través de la referencia del boca a boca que finalmente dio con el paradero de uno de los familiares: en el Albergue de San Pablo estaba sentado Carlos Villegas al interior de una de las carpas blancas entregadas por el Gobierno. Eran las 12h00 del medio día, el calor parecería derretir el plástico de la tienda cuyo interior es un horno. Carlos es hermano de Braulio, está sentado fuera de la carpa, cubriéndose apenas del calcinante sol del desierto, observa como el personal de la Cruz Roja Peruana y unos vecinos se dirigen hacia él. Uno de ellos es Franco, el voluntario, revisa un registro que tiene en la mano y le pregunta “¿Es usted el hermano de Braulio Villegas?”

Ha pasado casi una hora desde que Carlos confirmó su parentesco con Braulio. Ahora se encuentran todos reunidos a la entrada de una casa de los sobrinos y la cuñada de Braulio, cerca al albergue, todos con gran expectativa de saber cómo se encuentra su ser querido. “Dígale que estamos muy bien y que le extrañamos” dice su cuñada. Franco se compromete a pasar el mensaje. Aparentemente es una acción muy sencilla, pero al considerar las condiciones en las que estas personas tienen que sobrevivir, el apoyo que Franco está dando es un gran alivio.

Motivado con el contacto realizado, el voluntario se moviliza al día siguiente al asentamiento El Pedregal para informar a Braulio sobre la buena noticia, pero al llegar al albergue le informan que él y toda su familia se han ido. No saben a dónde. Franco inicia nuevamente la búsqueda. Con el transporte limitado, las vías destruidas y la falta de referencia en una población que se ha movido de un lado para el otro, es un verdadero reto encontrar nuevamente a esta persona. Los vecinos le direccionan a una casa, a otra, y de tumbo en tumbo en una búsqueda que parece infinita en medio del calor piurano, finalmente unos moradores de la zona le confirman su supuesto paradero final “Detrás de la iglesia de Cura More”. “Si no está aquí me muero” dice Franco mientras rompe en risa para darse ánimo. Y su presagio parece no estar desatinado, llega a una casa donde encontrará a los hijos de Braulio y su mujer, menos a él. Salió a revisar que su casa y sus cosas estén bien y no saben a qué hora regresa. Para felicidad de Franco si llevó un teléfono móvil al cual se contacta y con gran satisfacción podrá darle el mensaje que sus seres queridos le encomendaron.